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¿Cuándo el amor se convirtió en un negocio?

¿Cuándo el amor se convirtió en un negocio?

Tratar el amor como si fuera una transacción comercial le quita la verdadera esencia y significado.

Después de una experiencia completamente transformadora en el amor que viví el fin de semana, esta pregunta surgió en mi mente y no he podido quitármela de la cabeza: ¿cuándo el amor se convirtió en un negocio?

Para mí el amor, el verdadero amor, es un sentimiento tan noble y puro que no se le puede poner un precio o condiciones. Amar a alguien es algo completamente inevitable y no tiene nada que ver con lo que la otra persona haga o deja de hacer. Simplemente la amamos, como amamos a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestra familia, que no los elegimos y sin embargo los amamos igual.

Claro que sus acciones nos inspiran más amor o no, pero en última instancia amar depende de nosotros. Después de todo, mi concepto de amor es que no es un sentimiento que nos toma por sorpresa, sino una decisión que se toma todos los días. Una vez que pasa la etapa de enamoramiento y empezamos a ver al otro con ojos más realistas, con sus defectos y virtudes, todo lo que nos queda es elegir si queremos amarlo o no.

Por qué el amor y los negocios no se mezclan


Lo que me surgió como una revelación es el hecho de que muchos de nosotros, y me incluyo porque lo hice durante casi toda mi vida, es tratar el amor como tratamos los negocios. Bajo esta visión, le damos amor a alguien que “se lo merece”, que nos da lo que nosotros queremos, y transformamos un sentimiento noble y puro en una simple transacción comercial: tú quieres esto que yo tengo, yo quiero esto que tú tienes, vamos a intercambiarlo y llamarlo amor.

Durante años esa era la única clase de amor que conocía. Y cuando alguien fallaba en darme lo que yo quería, pues simplemente “dejaba de amarlo” y salía a buscar a alguien que me diera lo que yo quería o necesitaba, para darle a cambio lo que yo tenía para dar.

El problema con esta premisa de amor-negocio es que: a) nuestros deseos y necesidades están cambiando todo el tiempo, lo que nos lleva a cambiar de objeto de amor constantemente en una búsqueda por satisfacer nuestros deseos y necesidades; b) ponemos la satisfacción de nuestros deseos y necesidades en manos de otra persona, lo cual crea frustración y sufrimiento (por no hablar de dependencia) para ambas partes.

No podría explicar cómo fue que logré salir de la mentalidad de amor-negocio, pues en realidad fue un cambio gradual y plagado del dolor y sufrimiento típicos de la desilusión y el crecimiento (cuanto antes lo aceptemos mejor: crecer es doloroso). Pero la semana pasada, después de vivir una experiencia que sentí completamente decepcionante, me descubrí extremadamente deprimida escribiendo en mi cuaderno de poesías que el amor era decepcionante.

¿Amor verdadero o expectativas comerciales?


Y de pronto, me golpeó como un rayo: ¿el amor era decepcionante? ¿O eran mis expectativas sobre lo que debía ser el amor lo que me hacían sentir decepcionada? ¿Que tal si la persona que me estaba dando su amor en ese momento, y que yo consideraba decepcionante, me estaba dando todo lo que tenía, lo mejor de sí mismo, y que si no me daba otra cosa era porque no tenía nada más que dar?

¿Que tal si yo estaba despreciando el amor que me estaban dando porque no venía en la forma, el tamaño y el color que yo lo esperaba? ¿Podría ser que el problema fuese yo, que estaba comparando lo que estaba dando con lo que estaba recibiendo, y encontrando que estaba recibiendo “menos” de lo que estaba dando, como si el amor se tratara de una transacción comercial?

Confieso que me horroricé al verme ante ese espejo, y siento que aunque quizá no tengo la lección del todo incorporada, me descubro cada vez más rápido en patrones que nada tienen que ver con el amor y sí con esa mentalidad “comercial” en la que la mayoría de nosotros hemos crecido.

Y aunque me resulta muy difícil admitir estas cosas públicamente, reconociendo mi egoísmo y esa forma distorsionada de ver el amor, lo hago porque creo que puede ayudar a otros a entender qué es el amor, o al a menos a ganar una nueva perspectiva de lo que significa amar de verdad.

Porque para mí hoy, después de todo, el amor es un sentimiento que no puedo evitar, que me sale por los poros y que poco tiene que ver con el otro. Simplemente siento que amo a alguien, y todo lo que puedo hacer es decidir si voy a amarlo o no. Aquí y ahora, tal como es. Para mí, eso es el auténtico amor. Todo lo demás son negocios.

Por: Alejandro Guerrero.
Vía: iMUJER.