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A los hombres les cuesta más que a ellas asumir el divorcio, según la ciencia

A los hombres les cuesta más que a ellas asumir el divorcio, según la ciencia

Juan sonrió mientras se desentumecía y aspiraba con una profunda exhalación el aroma salado de la brisa marina. Se levantó animado por la ilusión de quien le espera en adelante un día agradable, el partido con los amigos, las cervecitas de antes de comer, los juegos con los niños en la piscina del apartahotel, enseñar a la miedosa de María a nadar... Así que obró conforme al ordenado plan preestablecido y decidió irse a jugar al pádel sin reparar en comunicar a Sonia sus planes. Daba por sentado que ella se encargaba.

Dos minutos después de dar el portazo de salida, Sonia llamó al movil y explotó. Que si los niños, que si su madre, que si estaba harta, que si su suegra además, que si siempre ella con toda la carga, que si actuaba como un soltero egoistón, que si, que si, ¡que sí!. Cada vez con un tono más elevado. Chillando.

Juan, desconcertado, pensó que era una exagerada, que no era para tanto, que él sólo hacía lo de siempre. ¿La culpa?, de ella, porque todo andaba bien. Y mira que se lo tenía bien dicho: ¡que se relajase!, ¡que no fuese tan agonías con los niños!, ¡que madre mía, ya es decir! ¡ni aún en vacaciones lo dejaba en paz! Pero a ver si de una santa vez hacía ese curso que estaba tan de moda: mindfulness, sí, sí mindfulness. Si hasta en su empresa habían dado un taller y estuvo a puntito de ir para allá a ver si lo aprendía y se lo enseñaba después, como un profesor paciente.

Del desconcierto al enfado


Repentinamente sintió un dolor agudo en el pecho y un enfado creciente tomó el relevo, mientras rumiaba: “Tenía que estar más agradecida por tener un marido como yo siempre pendiente, siempre al tanto de sus preocupaciones, buscando lo mejor para esta familia. No valora nada de lo que tiene –se convencía a sí mismo entristecido–... que a ver si el día menos pensado se la va a adelantar otra que no hay que ser muy espabilado para ver cómo anda el panorama, con la cantidad de lagartonas que andan por ahí!, ¡desesperadas! ¡separadas!"

–Él, ¡siempre fiel! -exclamó internamente- que podía ser, sin ningún asomo de duda, el nuevo Eduardito de la oficina, en pleno divorcio y ¡vaya, vaya, como se las gastaba!, ¡que si ahora iba al gym, que si al torneo de pádel! Estaba...¡vamos!, ¡como que nadie le tosía!. Rejuvenecido con su moreno rayos UVA, el trasplante de pelo a lo Trump y esa mamasita cubana colgada del brazo. Igualito que Vargas Llosa e Isabel Preysler pero... sin el brillo del glamour recién estrenado –se sonrió divertido a la par que un poco envidioso y malhumorado, agotado de tantas discusiones inútiles.

Juan sintió aguda la herida abierta de la incomprensión. Cuando regresó al apartahotel después de jugar su partido de pádel, enérgico y optimista, satisfecho internamente consigo mismo al verse a sus cuarenta y tantos hecho un chaval, encontró dispuestos ordenadamente sobre la mesa del salón los papeles del divorcio. En la hoja final, junto a la rúbrica de Sonia, una frase corta escrita a mano: “Me voy a la playa con los niños, prepárate tú solo la comida”.

Juan, incrédulo y desconcertado, pensó si no estaría viviendo una película. Miró las hojas como una aparición. Repasó lo qué le habría pasado a su mujer, ¿se habrá vuelto loca? Cayó, de súbito, en que llevaban una temporada larga en que las relaciones sexuales no eran tan frecuentes. Un vómito de celos le dejó un regusto amargo y venenoso en la boca. Debía haberse echado un amante, concluyó dolido.

A lo lejos, el ruido de fondo de la radio escupía las estadísticas estivales sobre el incremento vertiginoso de las demandas de divorcio después de las vacaciones. “El verano, que es muy malo” –sentenció.

Si juntásemos a Sonia y a Juan en la misma habitación y les sometiéramos a una idéntica batería de preguntas del tipo: “Por favor, sería tan amable de hablarme acerca de su matrimonio, ¿cómo fue?, ¿qué aspectos positivos tenía?, ¿qué dificultades encontraron en su convivencia de pareja?” Si lo hiciéramos, digo, nos darían versiones dispares e incluso antagónicas de lo que es el otro, de lo que necesita o de lo que ocurre durante su convivencia en pareja. Podríamos hablar de “un matrimonio de él” y de un “matrimonio de ella”. Y con el divorcio, lo mismo, habría “el divorcio de él” y “el divorcio de ella”. ¿Hasta ese punto?

Suecia, que en estos temas nos lleva la delantera al ser un país con una larga tradición en divorcios, se interesó, como paso previo a cualquier ofrecimiento de ayuda a las familias, en comprender en profundidad qué procesos emocionales se activan principalmente. Los expertos eran conscientes de que el divorcio afecta a pilares fundamentales de nuestro equilibro emocional y nuestra seguridad que comprenden: los vínculos afectivos de apego más próximos junto a cambios en las estructuras familiares, económicas y sociales.

Se pusieron como objetivo aumentar la capacidad de resilencia de las personas identificando cuáles eran los puntos de estrés. Querían eliminarlos para facilitar un funcionamiento competente pese a las interferencias emocionales. Sencillamente es como si usted tuviera que hacer un viaje por carretera y alguien le avisara de donde están los puntos negros que provocan más accidentes.

Así que focalizaron su investigación intentando dar respuesta a preguntas como: ¿quién de los miembros de la pareja pone sobre la mesa la decisión final de divorciarse?, ¿cómo éste hecho impacta emocionalmente en las personas? Y ¿qué consecuencias provoca a posteriori?

Los primeros resultados arrojaron el dato de que son las mujeres suecas las que en el 80% de los casos deciden finalizar la relación con sus parejas. El porcentaje sobresale por resultar ampliamente superior en el lado femenino. Parece que lo que empujó a las mujeres a tomar esta decisión final se relacionaba con el nivel de insatisfacción previo durante la convivencia en pareja. Algo por otra parte esperable. Ellas no consideraron que sus quejas alcanzaran una vía de resolución satisfactoria.

Papel mojado, oídos sordos, describen algunas. Mientras que en el bando de los “abandonados”, a la gran mayoría de los hombres, la decisión de sus mujeres les pillaba con el paso cambiado, literalmente. El batacazo, monumental. La ceguera, inmisericorde, como le sucedía tristemente a Juan. Los estudios nos informan que los hombres en general aceptan mucho peor que las mujeres el final de su matrimonio y, en consecuencia, podrían experimentar mayores niveles de estrés que sus esposas cuando deciden separarse.

Pero también evidencian que el nivel de sufrimiento experimentado por una persona no tiene tanto que ver con el género (hombre o mujer), sino con la posición de quién abandona y quién es el abandonado.

Por lo tanto, resulta muy importante saber que para entender la experiencia emocional del divorcio quién inicia la separación y quién la vive en calidad de “persona abandonada” cuenta mucho. Pensemos que estamos hablando de rechazo y de qué nos ocurre cuando lo tomamos como prueba irrefutable de nuestras imperfecciones. Especialmente si no somos capaces de sostener un autoconcepto positivo sabedores de que albergamos otras muchas cualidades.

Los expertos advierten seriamente del peligro de que las personas queden atrapadas en etiquetas estigmatizadoras del tipo: “persona que abandona” y “persona abandonada”, de forma que estos aspectos se erijan en claves y comprometan una definición del “yo”, posteriori al episodio del divorcio. Estas etiquetas internas peyorativas, se verían reforzadas en las disputas judiciales motivadas por la necesidad compensatoria de “castigos” o “premios” por “limitación de daños”. Y, sobre todo, se sabe que dichas definiciones negativas afectan al ejercicio parental cooperativo en la educación de los hijos. De ahí la vital importancia de ayudar a modificarlas y hacer que un cambio positivo sea posible.

Dado que quien “abandona” como quien “es abandonado” puede albergar sentimientos muy diferentes de alivio, liberación, tristeza, culpa, fragmentación, bienestar, recuperación de la autoestima... se constata como muy beneficioso ofrecer un espacio donde puedan expresar algunas de estas vivencias y emociones, favoreciendo con ello que la relación con la ex-pareja adopte formas más constructivas y liberadoras.

Los beneficios, a corto y largo plazo, al ayudar a liberar este sufrimiento resultan pues inmensos.

* Raquel Tomé López es psicóloga y psicoterapeuta en el Centro Guía de Psicoterapia.

Vía:El Confidencial.